Hace 190 años, una escuadra peruana bombardeó Guayaquil

En octubre pasado el país recordó los 20 años de la firma del acuerdo de paz suscrito entre los presidentes del Ecuador, Jamil Mahuad y el de Perú, Alberto Fujimori, hecho que puso punto final a la tensión limítrofe que durante buena parte del siglo XX mantuvo en vilo a ambas naciones.

Aquellas tensiones, propiciadas por reclamos territoriales resueltos a medias, tuvieron varios picos de intensidad. Los más fuertes, vistos en retrospectiva, fueron los de los años 1998, 1995, 1981 y 1941. Y todavía se puede mirar mucho más atrás, pues fue en 1828 —año en el que Ecuador todavía no existía como nación— cuando el Perú, por primera vez en la historia, atacó nuestros territorios.

Uno de los primeros escenarios trágicos y heroicos de esta larga saga fue Guayaquil, pues el Perú, lanzando sus barcos de guerra a través del río Guayas, llegó hasta el mismísimo malecón de la ciudad.

La guerra de 1828

El ataque a Guayaquil se dio dentro del marco de la guerra que la Gran Colombia y el Perú sostuvieron en 1828 (Guayaquil pertenecía en aquel entonces a la Gran Colombia). Varias fueron las causas de aquel conflicto: reclamaciones fronterizas; deudas impagas entre ambas naciones (producidas por las recientes guerras de independencia) o el fin del régimen bolivariano en Bolivia a manos del Perú. La gota que derramó el vaso fue la expulsión recíproca de embajadores. En síntesis, el gobierno y élites peruanas odiaban a Bolívar y él, por su parte, correspondía aquel sentimiento. El odio se manifestó en movilizaciones militares.

La escuadra peruana inició un bloqueo marítimo entre Tumbes y las costas de Panamá. La Gran Colombia intentó sostener la guerra en el mar, pero fracasó. Los peruanos hicieron base en la isla Puná, y entre agosto y octubre de 1828 desembarcaron sus soldados en las indefensas poblaciones ribereñas de la costa sur del Ecuador.

Pero la presa mayor la constituía la ciudad portuaria de Guayaquil, la cual, según el plan anexionista, debía ser agregada de una vez por todas al Perú.

Una cadena para detener a la escuadra peruana

Al amanecer del día 22 de noviembre, la flota peruana constituida por la fragata “Presidente” de 52 cañones; la corbeta “Libertad”, de 24 cañones; 5 lanchas cañoneras, dos pequeñas goletas y tres botes de asalto ingresaron al canal del río Guayas, rumbo a Guayaquil.

Los peruanos encontraron la primera resistencia en el llamado “Castillo de las Cruces” (lugar al pie del río donde actualmente se encuentra la antigua Empresa Eléctrica, en las calles Eloy Alfaro entre Portete y Argentina). 16 artilleros y seis cañones en tierra cruzaron fuegos con las embarcaciones peruanas, pero tras varias horas de combate, fueron silenciados.

En aquel punto, una larga cadena de metal atravesaba el río: un extremo estaba clavado en la orilla de la isla Santay y el otro estaba asegurado en la orilla de “Las Cruces”. La fragata enemiga “Presidente” la embistió y esta cedió. La primera (y última) línea de defensa de Guayaquil había caído.

23 de noviembre: resistencia en el Malecón

Al anochecer del 22, y luego del ataque al “Castillo de las Cruces”, la escuadra peruana se desplegó a lo ancho del río en dirección a la ciudad. Al mismo tiempo, en las calles que desembocan al Malecón se hacían presentes algunas tropas defensoras y demás patriotas (los hermanos Urvina; Francisco Calderón, hermano del héroe niño, y el mismo José Villamil, entre otros), a la vez que varios cañones eran colocados en puntos estratégicos del malecón.

Al día siguiente, los habitantes de Guayaquil vieron atemorizados cómo la flota peruana tomaba posiciones de ataque frente a la ciudad.

El bombardeo a Guayaquil empezó a las 4 de la tarde del día 23. Metralla y balas de cañón volaban en todas direcciones. Las casas de los Carbos, Urvinas, Garaycoas y la de Villamil —en realidad todas las casas que daban al malecón— fueron ametralladas sin misericordia. El ataque duró hasta la noche.

El fuego peruano fue contestado en el río por la goleta “Guayaquileña”. Los soldados se colocaban en las galerías superiores de varias edificaciones al pie del malecón y desde ahí disparaban en dirección a las cercanas cubiertas de los barcos enemigos. Los cañones instalados en las bocacalles también sostuvieron la defensa, y una batería en Las Peñas apoyó a un grupo de soldados de la orilla que impidieron el desembarco de los atacantes peruanos.

Sorprendentemente, solo cinco personas, entre civiles y soldados, murieron en Guayaquil durante el ataque. Los peruanos, en cambio, perdieron a 12 tripulantes en sus barcos.

La bala número 88

La valiente defensa obligó a los atacantes a abandonar sus posiciones y regresar sobre el curso del río. Sin embargo, la nave que dirigía la flota —la fragata “Presidente”— quedó varada durante la madrugada en uno de los bajos del Guayas. En la mañana del día 24 los defensores apostaron un cañón en el malecón (frente al actual Municipio) y abrieron fuego sobre la fragata inmovilizada.

La fragata recibió 89 cañonazos. La penúltima bala, la número 88, impactó el pecho del vicealmirante Martín Guise, quien se encontraba en ese momento sobre la cubierta. Guise era el comandante de la fragata “Presidente” y jefe de toda la escuadra enemiga. Con la muerte de Guise, la flota peruana se retiró totalmente derrotada.

Epílogo

Pese a la exitosa defensa de la ciudad durante los días 22, 23 y 24 de noviembre, Guayaquil tuvo que capitular en enero de 1829, siendo prontamente ocupada por el enemigo. La guerra se decidió al mes siguiente en la Batalla del Portete de Tarqui (27 de febrero de 1829) cuando las fuerzas terrestres peruanas fueron derrotadas por el mariscal Antonio José de Sucre.

Pero, pese a su derrota, los peruanos no desocuparon Guayaquil sino hasta varios meses después.

Durante un largo tiempo, la agresión siguió latente en los cráteres sin reparar de las calles y en los destrozos en las casas. Incluso aquellos guayaquileños que apoyaban al Perú se mostraban avergonzados y ofendidos por el horroroso ataque. Un extranjero que en aquella época visitó la ciudad quedó sorprendido de que todas las casas quedaran en pie a pesar de los destrozos, hecho que atribuyó a los materiales y a las técnicas de construcción. “Las balas —escribió aquel visitante— cuyos vestigios se ven en todas partes, abrían un simple agujero en las tapias, en vez de destruirlas en su mayor parte si hubiesen sido de piedra”.

Cifras:

  • Según un conteo peruano, durante los días 22, 23 y 24 de noviembre de 1828, los atacantes lanzaron sobre Guayaquil.
  • 3.231 balas de cañón.
  • 8.680 disparos de fusilería.

Bibliografía:

  • “Biografía del Gral. Juan Illingworth” (Guayaquil, edición facsimilar de 1986) de Camilo Destruge.
  • “Guise y la aurora de la Armada Republicana” (Lima, 1994) de Fernando Romero Pintado.
  • “Historia Marítima del Ecuador” (Guayaquil, 2004) de Mariano Sánchez Bravo.
  • “Viaje pintoresco a las dos Américas…” (1842, imprenta y librería de Juan Oliveres, Barcelona, España).

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