Paseos por Yasuní y el río Napo para difundir identidad

Orellana –

Son las 13:00, un sol canicular quema, si se deja la sombra se siente el fogonazo. Las aguas del río Napo han bajado su nivel. Así se aprecia desde el malecón de El Coca. Llega la embarcación y es hora de subir para empezar el recorrido.

Se enciende el motor de la lancha, único sistema de transporte que hay en la zona. Atrás quedan las casas, los edificios y ese puente grande que conecta con otra población.

El río Napo está lleno de leyendas que asustan y sorprenden. Se dice que en el interior habitan seres reales y otros mitológicos, pero es fuente de alimentación porque las nacionalidades que se asientan en su margen se alimentan de sus frutos.

En una hora de viaje se puede apreciar toda la margen verde de la Amazonía, un largo río color marrón, tupidos árboles, variada flora, también fauna. La paz que se siente es solo interrumpida por la bulla de los motores que empujan la embarcación.

De ahí se ve el cruce de varias gabarras con camiones de combustibles y vehículos pequeños que son transportados en su interior. Más adelante se aprecia un hotel flotante en pleno afluente. Luego el visitante se topa con muelles y pequeños botes construidos por ecuatorianos que viven en la selva. Van dos horas de viaje.

Llegamos a un muelle. Un marino se acerca a pedir los documentos de la embarcación, como parte del control rutinario. Se retoma el recorrido y se toman gráficas para tener recuerdos de la travesía, del colorido de la selva.

El río Napo es grande a lo largo y a sus costados. En la parte media se han formado islas pequeñas con frondosa naturaleza, nido para muchas especies animales y vegetales, que vuelven único al paisaje.

Son tres horas de viaje. Un aguacero en las márgenes de los ríos amazónicos es de cuidado. Empieza el goteo y se bajan las telas de la lona, que sirve de techo del bote.

A los diez minutos desaparece la lluvia y el cielo se abre y vuelve el sol a recobrar su resplandor que quema.

A lo lejos se ve un grupo de lanchas que se sitúan en un muelle, en medio del río, una playa donde juegan unos pequeños con un balón.

Son alrededor de las 17:00 y con voz baja, por el cansancio, un pasajero pregunta a otro si se está por llegar al destino.

“Aguarico queda a una hora y media”, contestó el pasajero. Tiempo después vinieron las palabras de aliento: “Llegamos, gracias”. Era la zona del Tiputini”, en el Parque Nacional Yasuní, el pulmón del mundo al que la Unesco (organismo de la ONU) declaró como Reserva Mundial de la Biósfera.

En el sitio se destacan las costumbres, las tradiciones, la identidad, la cultura de los pueblos y nacionalidades indígenas que habitan en esta zona, quienes no dejan morir su legado.

Son cuatro horas de un recorrido que muestra parte de la cultura de una de las zonas más biodiversas del mundo. (F)

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